La Tecla Fértil.
En Venezuela, los eventos
negativos exaltan al país, durante estos años, lo cual, siempre termina en
enardecidas manifestaciones callejeras, muchas veces motivadas por la oposición
y, cuyo norte marca episodios de Netflix, acumulación de angustias y el estrés
de la población que aún no se recupera de semejante aquelarre.
Siempre, habrá una
actitud vacua y llena de patriotismo que, han comprometido al país en una mesa
de negociaciones que, al poco tiempo queda inutilizada por la imposibilidad de
llegar a acuerdos ciertos, pero, que se debe aceptar con gallardía. Pero, ¡hay
que seguir! La batalla de las ideas,
debe ser el quehacer siempre, de quienes desean un mejor país, donde vivir.
La población, con
problemas de empleo se ha expandido en 2018 y, llega a acumular casi el 65% de
los trabajadores. Ojalá que los programas fuesen más efectivos, en su
respectiva ejecución.
El tema de la frontera es
candente para los gobiernos latinos, agudizado por el problema que representa
la presencia en masa de miles de indocumentados, Sobre todo, en México, donde
Trump decidió cerrar parcialmente el gobierno, debido al tema del muro.
Latinoamérica es un
cumulo de sorpresas, haciéndose preciso un balance, donde el mapa de
identificación ideológica de las administraciones, no viene sufriendo grandes
cambios, a excepción en Centroamérica con Daniel Ortega.
En 2019, se celebrarán
comicios electorales en el Salvador, Bolivia, Argentina, Panamá, Guatemala y
Uruguay. Además de elecciones seccionales en Ecuador y regiones de México y
Colombia. En tanto, en Europa, será tiempo del Parlamento Europeo y de las
municipales españolas.
Venezuela, abre su nuevo
ciclo político en la región, con el nombramiento de la nueva directiva de la
Asamblea Nacional y el continuismo en el Poder Ejecutivo del presidente electo,
Nicolás Maduro Moros.
Costa Rica, Paraguay,
Venezuela, Colombia, México y Brasil, fueron a las urnas electorales, este 2018
para elegir presidente, en la mayoría de estos países no se registraron grandes
cambios, más allá de la sorpresiva victoria de Bolsonaro y, el novedoso triunfo
de la izquierda mexicana con López Obrador.
En Venezuela, el 20 de mayo
se celebraron las elecciones, a través de las cuales se concretó la reelección
del presidente Nicolás Maduro Moros.
En el mediano plazo a la crisis latina se le caerá la costra y la herida
que la corrupción y la impunidad han abierto en las familias y el país, dolerá
nuevamente. En el largo plazo, la manera en que se organiza el Estado y las
relaciones sociales y económicas que históricamente se han mantenido intactas y
son la causa de todos nuestros males, pues seguirá intacta, y las condiciones
objetivas para transformar el modo en que nos relacionamos y la manera en que
funciona la maquinaria estatal para atender a la población organizada en su
seno; seguirán vigentes y alimentando a nuevos movimientos sociales.
Ahora mismo Venezuela y Nicaragua parecen
ser el ensayo de dos modelos contrapuestos. Un laboratorio. Una tercia. Por un lado,
está la comunidad mundial probando si el instrumental jurídico internacional
puede hacer que un país retorne al camino democrático, sin guerra, sin
intervención militar y sin que haya una revolución violenta interna. Es que, si
las normas de convivencia y regulación internacional no sirven para Nicaragua y
Venezuela, países socialistas pobre, pequeño, grande y dependientes como soberanos,
con un gobierno sin ley y aislado, ¿cómo van a servir para un país rico, con
armamento nuclear, ejércitos grandes y aliados poderosos, que las desafíe? Por
el otro lado está un régimen empeñado en demostrar a otros gobiernos, aliados y
en crisis, que el sometimiento por la fuerza es todavía posible en estos
tiempos. Que ante una crisis mucho más grande que otras que han botado
dictaduras en otras partes del mundo, puede sostenerse a punta de garrote,
cárcel y plomo, incluso cuando casi toda la comunidad internacional le da la
espalda. Pero ambos pueblos se encuentran huérfanos de seguridad, porque los
cuerpos de seguridad terrestres, no hacen absolutamente nada. Más bien, en las
alcabalas le quitan alimentos.
Esa otra tercia, la interna, está
determinada por una paradoja que espero en algún momento la historia analice
con objetividad y justicia: una gran mayoría de la población que rechaza una
salida violenta y otra parte que se ha inventado una guerra imaginaria para
justificar sus desmanes. ¿Contra qué enemigo usará las armas de guerra que
exhibe todos los días la policía? ¿Dónde está el arsenal que le quitaron a los
que ellos llaman golpistas y que, según sus cuentas, son responsables de todas
las muertes y daños? Tan imaginaria es esta guerra que en busca de un enemigo
contra el cual pelear, han terminado criminalizando trivialidades como inflar
chimbombas, dar opiniones e información, y hasta el uso de los símbolos
patrios, algo que debe ser material de estudio en algún momento.
Aquí no hay una guerra armada por tomar
el poder. Aquí lo que hay es el enfrentamiento, irreconciliable, de dos modelos
de sociedad. Una donde un grupo entiende al poder como una patente de corso, un
certificado de propiedad del país, y con ello su derecho a hacer con quienes se
opongan lo que les venga en gana. Algo así como los derechos que da un
secuestro. Otro sector, en cambio, piensa que el poder debe ser un ejercicio
temporal de servicio a todos los ciudadanos, según las normas establecidas para
ello.
Inflar globos no es delito. Portar una
bandera patria no es delito. Marchar no es delito. Curar un herido no es
delito. Protestar no es delito. Opinar no es delito. Hacer periodismo no es
delito. Al contrario, son derechos y a veces obligaciones. Que eso incomode a
quienes tienen el poder es otra cosa. Los defensores del régimen tienen que
entender, ahora que andan recetando Chipote para todo, que el hecho de que algo
les incomode o los contradiga no lo vuelve delito. Que convertir esos hechos en
delitos con nombres rimbombantes como “terrorismos” o “golpismo” no es
justicia, es abuso. Que castigar, expulsar o asediar a quienes ejercen esos
derechos no los convierte a ellos en delincuentes. Al contrario, los delincuentes
serían quienes niegan los derechos.
“Todos
los derechos y obligaciones de los Estados Miembros conforme a la Carta de la
OEA representan el fundamento de los principios democráticos del hemisferio”,
se señala en la Carta Democrática Interamericana. De manera que las
obligaciones establecidas en estos documentos internacionales suscritos por el
Estado de Nicaragua y en alguna forma el de Venezuela, en épocas anteriores,
tienen que ser cumplidas por el gobierno cualquiera que este sea.
Contrario
a lo que sostiene el régimen de Ortega, esto no compete únicamente a los
nicaragüenses. Los derechos humanos, la libertad y la democracia son valores
universales consagrados en declaraciones y tratados internacionales, que todos
los Estados Miembros de la ONU y la OEA están obligados a respetar.
No puedo, por lo tanto, terminar esta columna,
sin mostrar mi solidaridad y admiración para aquellos colegas que están
llevando el ejercicio del periodismo hasta sus últimas consecuencias.

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