Aventis
Los nuevos dirigentes del Cono Sur son incompetentes,
débiles, carentes de visión estratégica, siempre a la defensiva y sobre todo
una profunda incapacidad de entender el valor de la cultura y sus efectos en
sectores sustantivos de la población. Siempre abordaron a Antonio Gramsci,
pero, actúan bajo el convencimiento del sistema capitalista, el libre mercado y
consideraron la revolución como un deber para subsistir en base al relato
marxista.
En Colombia también el relato marxista viene haciendo hace años su
trabajo en los colegios, en las universidades, en las iglesias, en los medios
de comunicación, en el sistema de administración de justicia. Acá también la
izquierda radical se ha dedicado a deslegitimar el régimen democrático. Y sería
un grave error confiarse en las cifras de crecimiento económico, formidables
este año.
De esa unidad depende el futuro. l 2021 terminó con un aumento
histórico del salario mínimo, pues con la expedición del Decreto 1724 de 2021,
mediante el cual se fijó como salario mínimo legal mensual a partir del primero
de enero de 2022, la suma de un millón de pesos, se aumentó dicho salario en
comparación con el año anterior en 10,07%, un porcentaje casi dos veces
superior a la inflación del cierre del 2021 en el país; convirtiéndose este
salario, en uno de los aumentos más significativos en la historia de Colombia,
cabe anotar que cuando el presidente Duque recibió su mandato en el 2018,
el salario mínimo se encontraba $781.242 y que en la culminación del mismo lo
deja $1.000.000..
Y es que a pesar de la coyuntura
económica a causa del Covid-19, la actividad económica ha venido recuperándose
aceleradamente, lo que hizo que la economía del país, en comparación con otros
países, fuera una de las de mayor crecimiento a nivel mundial, lo que sin dudas
hace que el gobierno de Duque termine de manera positiva, al menos en lo
referente a este sector.
Con tantos
problemas internos, preocuparse por los derechos humanos en el resto del mundo
parece un despropósito. Ocurre todo lo contrario. Un presidente que asuma en
las relaciones exteriores una posición a favor de los derechos humanos
seguramente aceptará que vengan muchas misiones del exterior a monitorear lo
que ocurre en el país. Un presidente comprometido con el respeto a los derechos
humanos en el orden interno encontrará en esas misiones un punto de apoyo
adicional para la realización de necesarios cambios. Todo lo contrario, a las
dilaciones y los forcejeos con misiones de la ONU y de ONG preocupadas por lo
que ocurre en Colombia y Venezuela, típicos de la Cancillerías, de ambos
países, Venezuela y colombiana. (La Nueva Granada).
Una política
exterior comprometida con los derechos humanos es, además, una sana apuesta de
largo plazo. Supongamos que en las próximas elecciones tuviéramos la fortuna de
reemplazar a la coalición gobernante por otra comprometida con la reducción de
la inseguridad, pero sin atropellos, con un ejercicio de la fuerza siempre
dentro de los límites de la Constitución y la ley. Nada nos garantiza que no volvamos
a tener un gobierno tan insensible como el que tenemos. Para gobiernos como
este es que ha sido creado el sistema internacional de los derechos humanos, un
sistema que hoy sabotean, entre otros, los dictadorzuelos de Nicaragua y
Venezuela, el gobierno autoritario ruso y el gobierno totalitario chino.
Aunque prefiera el
orden establecido por Vladimir Putin, caracterizado por su seriedad.
No hemos visto al
gobierno chino criticando la situación de derechos humanos de otro país,
excepto la de Estados Unidos, al cual acusan, con muy buenas razones, de una
gran hipocresía. En la primera reunión de representantes del gobierno de Joe
Biden con el de Xi Jinping, estos le enrostraron todos los asesinatos de
afroamericanos a manos de la policía, que han motivado la formación del
movimiento Black Lives Matter. No habría que remontarse al oprobioso apoyo a
dictadores bastante crueles. En una reciente visita a Colombia, el Secretario
de Estado, Antony Blinken, tuvo la desfachatez de hacer un encomio del Gobierno
de Iván Duque como si en este país no hubiesen ocurrido graves violaciones
contra los derechos de las personas.
A pesar incluso de
no haber ratificado muchos tratados de derecho internacional, Estados Unidos
sigue siendo un gran aliado en la defensa de los derechos humanos. Un
alineamiento con Estados Unidos en esta materia y, en general, con todos los
países con políticas similares es un asunto de supervivencia. Solo hay que
tomar nota de la suerte que han corrido los uigures en la provincia china de
Xinjiang, la pérdida de libertad de los ciudadanos de Hong Kong o las amenazas
de invasión contra Taiwán. Ni hablar de los disidentes ni de los que alertan de
la ocurrencia de pandemias, como sucedió recientemente con el COVID-19. En el
mundo en que los dirigentes chinos quieren vivir, nadie puede tener la osadía
de hacer denuncias públicas. A los ojos del mundo está el caso de la tenista
Peng Shuai, cuya integridad personal está en vilo luego de atreverse a
denunciar la agresión sexual en su contra del antiguo vicepremier Zhang
Gaoli. Deberíamos preguntarnos: ¿querríamos vivir en ese mundo?
Al plantear que
nuestra política exterior debería tener los derechos humanos como uno de sus
ejes centrales, me he encontrado con la objeción de que eso tendría como
consecuencia que no podríamos tener relaciones diplomáticas con casi ningún
Estado y que casi ningún Estado, dada nuestra grave situación, querría tener
relaciones exteriores con nosotros. Esta objeción es una falacia, la
llamada non sequitur, una expresión latina que significa que de una
cosa no se sigue la otra. En efecto, tener una política exterior centrada en
los derechos humanos no significa romper relaciones diplomáticas con otros
países sino todo lo contrario: mantenerlas de manera que conservemos nuestra interlocución
para hacer sentir nuestra voz contra las arbitrariedades.
Esto es
precisamente lo que hay que hacer con Venezuela, cuyo gobierno el presidente
Iván Duque creyó que podría contribuir a derrocar. No hay duda de que el
gobierno de Maduro conspira contra el de Colombia ofreciendo su territorio como
retaguardia al ELN y las disidencias de las Farc. No obstante, para confrontar
esa amenaza a nuestra seguridad nacional no es necesario romper las relaciones
diplomáticas y dejar sin protección consular a las poblaciones de ambos países.
Hacer de los
derechos humanos un eje central de nuestra política exterior tampoco significa
sobreestimar nuestra capacidad en la esfera internacional. Colombia no está
llamada a obrar como un kamikaze para evitar los abusos de otro país.
Australia, por ejemplo, ha pagado un precio muy alto por pedirle a la República
Popular China una investigación imparcial acerca de las causas del COVID-19. El
gobierno chino elevó los aranceles que cobra por los productos australianos
para enviarles de este modo a Australia y al resto de países una señal muy
clara de que no tolera críticas de ninguna clase.
Sin embargo, le
queda muy difícil responder de ese modo, cuando es una amplia coalición de
países la que cuestiona las graves violaciones a los derechos humanos que se
cometen en su territorio. Colombia debería hacer parte de esa coalición. Todo
lo contrario de la actitud obsecuente ante China que ha tenido la embajadora colombiana
ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, luego del regalo de un
lote de vacunas Sinovac.
-* Escrito
por Emiro Vera Suárez, Profesor en Ciencias
Políticas. Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del
Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del
Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de
Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del
Aragüeño
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