El Reportero
del Pueblo
El capital
(que no es sino trabajo acumulado) se desenvuelve más allá de nacionalismos,
sentimentalismos o preferencias subjetivas. Lo mueven leyes propias basadas en
la acumulación y su reproducción, por lo que su tendencia “natural” es
expandirse. Ahí no hay patriotismos que valgan: sus reglas de juego son frías
relaciones de oferta y demanda, de pérdida y ganancia. Las pasiones
nacionalistas salen sobrando.
Sucede, sin
embargo, que desde hace varias décadas el capitalismo productivo fue dando
lugar a un capitalismo basado crecientemente en la especulación financiera. El
mundo del dinero especulativo fue desplazando en su desarrollo a la industria,
así como la industria dieciochesca desplazó a la producción agropecuaria
–fuente principal del modo de producción feudal– en tanto dominadora de la
escena sociopolítica. Hoy día esos capitales financieros tienen una
preponderancia definitoria, marcan el rumbo planetario.
El capitalismo, por supuesto, no es un sistema
monolítico, unívoco. En su interior, además de la contradicción fundamental con
la clase trabajadora, anidan otras contradicciones. Así, la producción de
bienes reales no siempre es una aliada de la especulación financiera. Por el
contrario, pueden chocar. Eso es lo que está pasando ahora en la principal
potencia capitalista: Estados Unidos, donde su presidente Donald Trump aboga
por una revitalización del alicaído parque industrial (llevado fuera del
territorio nacional dadas las ventajas comparativas de países con mano de obra
mucho más barata), chocando con los sectores financieros, que intentan su
derrocamiento como mandatario y continuar con su inalterable plan de reajuste y
especulativo, porque lo permite entre sus intermediarios
Y hay un choque también entre esos capitales
especulativos con el impetuoso desarrollo de economías productivas como la
china o la rusa, con planteos capitalistas también (China con su peculiar
“socialismo de mercado”, con presencia de capital privado dentro del marco de
una planificación estatal socialista –la cual controla el 51% de su producto
bruto–), bregando por un desarrollo centrado en la producción física y no en
las finanzas.
Lo cierto es
que esos capitales financieros globalizados no tienen patria, en absoluto. Se
mueven a velocidad vertiginosa, no teniendo su casa matriz en ningún Estado. Se
puede hablar, en tal sentido, de una oligarquía financiera global, sin rostro,
sin nación. El capitalismo, en su fase inicial primera, e incluso cuando se
hace imperialista, estuvo siempre centrado en un determinado Estado nacional.
La bandera de alguna potencia era la que se imponía: a su tiempo Flandes, o
Gran Bretaña, o Francia. Posteriormente Estados Unidos, Japón, Alemania (que
llegó tarde al reparto del mundo y quiso recuperar el terreno perdido con su
loca aventura nazi). Pero el actual capital financiero global no tiene bandera.
Las acciones de un banco son lo más impersonal que pueda haber. Ya no hay
patrón capitalista visible: hay clase dominante global, que puede vivir en
distintos lugares, ya no solo en Manhattan, o en algún exclusivo barrio de una
capital europea.
La riqueza de
esa casta se basa en la especulación, en los mercados absolutamente
desregulados que imponen las políticas neoliberales a partir del triunfo
omnímodo de los organismos crediticios de Breton Woods (Banco Mundial y Fondo
Monetario Internacional), y también en la industria de la guerra. Si algo
produce este capitalismo, es destrucción. He ahí otro gran negocio: destruir
países para luego reconstruirlos.
Dar créditos
impagables es su otro gran ejercicio de acumulación. “Los imperios
económicos están interesados en promover el endeudamiento de los gobiernos.
Cuanto más grande es la deuda, más costosos son los intereses. Pero además
pueden exigir al presidente de turno privilegios fiscales, monopolios de
servicios, contratos de obras, etc. Si este gobierno no acepta, provocarán su
caída, promoviendo disturbios y huelgas que al empobrecer a la nación los
obliga a claudicar ante sus exigencias”, tal como perfectamente lo dijera
el historiador estadounidense Carroll Quigley.
El negocio de
la guerra no está desunido de estos monumentales capitales, así como otras
actividades no muy santas: el lavado de activos no importa cuál sea su
procedencia es algo sumamente redituable. Así, la narcoactividad encuentra en
los paraísos fiscales una sana y limpia salida. Y de eso se nutren estos
megacapitales: el dinero es siempre dinero, no importa de dónde provenga.
Estos
megacapitales tienen una presencia cada vez más determinante en la arquitectura
del sistema global. Son transnacionales, se mueven a velocidades de vértigo,
invierten en lo que dé ganancias, no tienen sentimientos ni espíritu solidario
(¿acaso el capitalismo podría tenerlo?). Manejan sectores cada vez más
crecientes del mundo, invirtiendo muchas veces en el aparato productivo de
bienes fácticos –la industria, los servicios, el comercio– controlando
integralmente los circuitos capitalistas (materias primas, elaboración,
distribución, mercadeo), siendo quien aporta las grandes sumas de dinero
necesarias para generar la producción en su conjunto.
Se pueden
presentar con bandera nacional si es el caso, pero en general actúan como
fuerzas más allá de los Estados nacionales. Estos grandes capitales, que juegan
a las finanzas, compran y venden empresas rentables (o empresas fundidas para
luego levantarlas), que especulan en las bolsas de valores, que influyen/determinan
en los precios de los productos primarios (energéticos, alimentos, materias
primas varias), que reciben enormes inyecciones financieras de los negocios no
muy santos (narcoactividad, redes de ventas ilegales de armas), prescinden de
regulaciones y controles estatales. Pero al mismo tiempo necesitan de los
“viejos” Estados nacionales para controlar a las poblaciones, hacerles recibir
créditos leoninos (en los países pobres, que quedan endeudados y atados a los
organismos financieros internacionales) y producir guerras que aseguren el
flujo de capitales a través de la industria militar. Y luego, eventualmente,
reconstruir los países destruidos.
A lo que se
suma la necesidad de contar con esos aparatos estatales para cubrir a los
grandes capitales cuando entran en crisis. No son pocos los ejemplos de Estados
rescatando las grandes pérdidas de bancos o megaempresas que entran en quiebra
(Lehman Brothers, General Motors Company, Merryll Lynch, etc.) En otros
términos: los Estados “sobran” para los proyectos sociales (no son inversiones
sino “gastos”), pero se hacen imprescindibles para tapar agujeros de los
capitalistas. Es decir: se privatizan las ganancias mientras que se socializan
las pérdidas.
Una de las
mayores preocupaciones del presidente, Hugo Chávez Frías, era terminar el
ferrocarril y empalmar a Venezuela en cuatro líneas centrales, asunto que el
presidente Nicolás Maduro Moros no término de ejecutar y que le iba ahorrar
muchos dólares en el traslado de alimentos y materiales de construcción, lo que
a futuro traerá graves consecuencias negativas al país, porque se ha encontrado
nuevas vetas de minerales, pero el narcotráfico, pranes, guerrilla colombiana y
empleados de las siderúrgicas laboran directamente en estos yacimientos, pero,
son controlados por empresas extranjeras y, estos hombres que se encuentran
fuera de ley y sentaron sus hábitats en nuestro territorio, controlan espacios
urbanos.
Por todo lo
anterior se torna muy difícil identificarlos como enemigos corporizados donde
atacarlos. Los imperialismos estaban más claros: los “yanquis asesinos”
eran fácilmente identificables. Quemar una bandera de Estados Unidos fue
durante todo el siglo XX una clara expresión de descontento contra un poder
visible. Pero ¿quiénes son los amos actuales? ¿Dónde están los dueños del mundo
contemporáneo? ¿Quiénes toman las decisiones para hacer subir o bajar acciones
en las bolsas, dictaminar el precio del petróleo o la próxima guerra? El Tío
Sam ya no es, simplemente, el claro “malo de la película”. La situación se ha
complejizado.
Ya, hasta los
militares tienen poder y controlan empresas y el paso de alimentos por las
carreteras de nuestra nación y la más simple cobra su coima, la corrupción e
impunidad nos arropan de una manera gigantesca.
“La
dispersión absoluta y la derrota de los trabajadores a nivel global, y el
fracaso de los “socialismos estatistas” del siglo XX (y de los inicios del
XXI), acompañada de la crisis de los paradigmas teóricos que sustentaban esas
luchas y programas políticos, ha impedido que los “nuevos trabajadores”
precarios, precarizados e informatizados que han surgido en todas las áreas de
la vida humana, identifiquen con absoluta claridad a ese enemigo mortal y
criminal de la humanidad”, expresaba con elocuencia Fernando Dorado. Está
claro que el capitalismo y la acumulación capitalista se sigue fundando en la
explotación de clase, en la apropiación del producto del trabajo de la gran
masa trabajadora mundial a quien se le extrae la plusvalía. Pero el actual
desarrollo de los megacapitales hace difícil, cuando no imposible, identificar
con claridad dónde está el enemigo. Son los capitales, está claro…, pero ¿quién
son sus propietarios?
Los capitales
son globales, y se mueven globalmente. ¿Quién es el dueño de tal empresa
gigantesca? Quizá un banco que tiene su casa matriz en otro país, donde se
depositan impresionantes sumas de dinero (lavado de activos), que nadie sabe
con certeza de dónde provienen, y que invierte además en los más variados
rubros, dictando maniobras en las bolsas de valores y operando con criterio
planetario, mucho más allá de las lógicas nacionales de los capitalismos
anteriores.
Todo, es una
extorsión.
Ante todo, eso
a la clase trabajadora mundial se le hace difícil detectar cuál es claramente
el enemigo. Sabe que es el capital, pero el mismo no tiene rostro, y ni
siquiera bandera. Quizá una gran empresa de un país pobre, del Sur, es
accionista de un banco europeo o de capital mixto japonés-estadounidense, que
invierte en industrias extractivas (minería a cielo abierto, hidroeléctricas,
cultivos para agrocombustibles) en ese mismo país pobre, y las ganancias de esa
operación terminan en paraísos fiscales con secreto bancario, o en industrias
de armamentos que sirven para que una potencia occidental ataque a ese mismo
país, para luego reconstruirlo con créditos impagables. Rompecabezas
complicado, por cierto. ¿Contra quién pelear?
Esta es una
pregunta que no apunta a aguar la lucha desde el derrotismo y la resignación,
sino a hacerla más posible, más efectiva. No busca conformismo, o en todo caso
posibilismo, sino claridad. Estas son preguntas claves el día de hoy para
pensar cómo construir ese otro mundo posible, que sigue siendo cada vez más
necesario, impostergable.
Es una
incógnita, repito, a nivel mundial. La clase trabajadora queda a un lado al quitársele
las viejas contrataciones colectivas, queda una respuesta en lo inmediato, la
entrevista entre Vladimir Putin y Donald Trump. Dos empresarios en común que
buscan levantar sus países, bajo el criterio de un capital global, más allá de
sus monedas, entonces, ¿Contra quién pelear? Solo queda esperar y ya no existe
el Ara San Juan, cuya tripulación conocía de toda la riqueza de esa zona
glaciar y de La Patagonia hasta Las Malvinas, todo es un silencio y una sola
riqueza.
Es un
rompecabezas, complicado.
Esta es una
pregunta que no apunta a aguar la lucha desde el derrotismo y la resignación,
sino a hacerla más posible, más efectiva. No busca conformismo, o en todo caso
posibilismo, sino claridad. Estas son preguntas claves el día de hoy para
pensar cómo construir ese otro mundo posible, que sigue siendo cada vez más
necesario, impostergable.
Vienen días
duros para Sudamérica. Sobre todo, los militares que, como el caso de Venezuela
han tomado mucho camino y el presidente de la República debe regresarlos al
cuartel y enviarlos a cuidar la plataforma continental y vigilar a la nación
para prever cuidar y vigilar los gastos y pases de contrabando de productos
industriales que contemplan una protección para las políticas sociales.
Bueno, es
determinante un cambio económico en algunos países del Bloque Económico del Sur
que, incluye una nueva administración. Para Putin, hay que ser giros
fundamentales en los países del área izquierdista. También hoy resulta una
incógnita saber cómo será el relacionamiento político con Venezuela y Bolivia
y, hay que resolver estos ítems. Vladimir busca orientar un plan de
acercamiento con Estados Unidos de Norteamérica y avanzar en lo relacionado a
Israel, en Argentina y muchos países del Sur, existen colonias de venezolanos y
judíos que vienen cumpliendo su programa laboral individualizado.
Es hora de
asumir responsabilidades y redoblar esfuerzos, en Venezuela y Argentina, en
toda América Latina, para no permitir que los autoritarismos vulneren los
derechos de los más desprotegidos y para que la corrupción, provenga de quien
provenga, ya no tenga lugar.
El crecimiento del fascismo y de las derechas más conservadoras, con
tintes xenófobas, es un fenómeno que revivió desde hace algunos años en Europa
y que parece llegar ahora nuevamente a América Latina, pero para que esto
ocurra, para que esos territorios políticos se conquisten tiene que haber un
espacio vacío. Estando relacionado con los bloques económicos.
Escrito por Emiro Vera Suárez,
Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico.
Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo.
AESCA. Trabajo en El Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, columnista
del Aragüeño y coordinador cultural de los diarios La Calle y el Espectador-
Valencia. Hora Cero.
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