El Reloj del Tiempo.
AMLO, debe entender el
actual proceso mexicano y avanzar hacia la unidad territorial, para así, tener
la oportunidad de dinamizar a la población, allí enclavada y, que sirva de
transculturización a las nuevas vertientes económicas que se encuentran
focalizadas en un modelo comunicacional no abstracto. Recordemos que el
proyecto norteamericano de globalización, logro su enclave con Donald Trump
que, lo elevo a una economía global y un atractivo global, tal, como lo enmarca
el compañero filósofo Heinz Dieterich, quien fue cuestionado y le hicieron la
guerra asimétrica y mediática para que se alejará de Venezuela y lo hizo. Pero,
Chávez quedo solo y los lumpers y dragones de la muerte lo llevaron hasta la
muerte y tumba, al no ejecutar lo referido por este académico alemán.
Estoy, un poco incomodo
por las apreciaciones que puede tener AMLO, en referencia a Nicolás Maduro
Moros, ojalá no lo lleve al precipicio económico. Antes de tiempo.
Indudablemente, Estados
Unidos de Norteamérica seguirá respondiendo a su proyecto hacia Latinoamérica
y, las reformas electorales les esperan a los países de la alianza, habrá
soluciones individuales que incluye el bloqueo de activos y prohibición de
transacciones en el sistema financiero de EEUU o bajo de su jurisdicción,
bloqueo de propiedades o intereses en una propiedad y, negación o revocación de
visados.
Tras las elecciones, el
país tiene un gran desafío y, lo que llega es inmenso. Mucho se ha escrito
sobre este triunfo, pero, lo primordial es el rechazo a los actos de corrupción
y los mexicanos, desean una mejoría en su calidad de vida. La prudencia y el
análisis, vendrán bien. Haciéndose necesario consolidar la libertad de
expresión.
En este arranque, debe
quedar atrás de manera definitiva, la visión binaria de que este país, solo hay
dos grupos, los que apoyan a la nueva administración y los que la rechazan.
Este relevo de poder, representa un hito en la historia del país. Sí el
gobierno marcha bien, al país le irá mejor.
Se debe recordar que la
figura jurídica romana, en todo el continente esta vigente y, que los pueblos
buscan su libertad. La sociedad novohispana estuvo bajo el escrutinio de la monarquía
y de la Iglesia Católica, provocando que la esclavitud de los pueblos debería
someterse a distintas formalidades y registros.
Andrés Manuel López Obrador corona más de 42 años de lucha social y
política por la democracia, que se inició con la defensa de las comunidades chontales
de su natal Tabasco y culmina con su llegada a la Presidencia de la República.
A partir de este sábado impulsará un gobierno popular en busca de la cuarta
transformación de México y para acabar con 36 años de periodo neoliberal,
erradicar la corrupción y la impunidad, así como cambiar la forma de hacer
política. Originario de Tepetitán, municipio de Macuspana, Tabasco, el político
de 65 años ha participado en siete elecciones, de las cuales se reconoció su
triunfo en dos: para jefe de Gobierno del Distrito Federal, en 2000, y las
presidenciales del pasado primero de julio, tras obtener más de 30 millones de
votos abanderado por Morena, el partido que fundó en 2014.
la producción
energética, en lugar de crecer, se estancó (CFE) o se redujo (Pemex) y la
reforma energética se tradujo, a la postre, en depresión económica para
diversas regiones de la nación y en el encarecimiento de los combustibles en
general, lo que incidió en el mediocre desempeño económico del sexenio y se
tradujo, para colmo, en brotes de descontento social en puntos tan distantes
del territorio como Mexicali e Ixmiquilpan. Por añadidura, la reforma
mencionada llevó a la pérdida de la soberanía energética, hasta el punto de que
actualmente México no sólo es importador neto de gasolinas sino hasta de
petróleo crudo, y buena parte de su generación eléctrica depende del gas
natural comprado a Estados Unidos.
A fin de cuentas, el sexenio de las reformas ya terminó.
Ahora, México exige un mejor dialogo y de valientes. No es solo
palabras, es el ejecútese a las normativas y, el mismo debe ir más allá, porque
la madurez es necesaria y, ante esta grave situación, es posible que veamos la
luz al final del túnel para el continente con AMLO en el poder
Hace
60 años, en 1958, apareció la primera edición de La condición humana,
el libro que consagró a Hannah Arendt como una de las pensadoras más prolíficas
y polémicas del siglo XX. Como el de la mayoría de los textos clásicos, el
destino de esta obra resultó tan impredecible como su historia. Goethe dijo
alguna vez: la dimensión de un pensador no se mide tanto por el número de
sus seguidores, sino por la talla y la inteligencia de sus críticos. Nada se
ajusta mejor a la extraña y seductora originalidad que encierra el volumen de
Arendt. En rigor, durante las primeras dos décadas y media de su circulación,
no sumó más que críticos. Hoy ha devenido un clásico que sirve como inspiración
a las más disímbolas franjas de pensamiento y, en particular, a la teoría
crítica y la izquierda del siglo XXI que quiere desembarazarse de los fantasmas
y pesadillas que le legó su propia historia en el siglo XX. Judith Butler,
Giorgio Agamben y Roberto Esposito, entre otros, se cuentan entre sus meticulosos
–y no precisamente incondicionales– lectores.
En los años 60, la izquierda ortodoxa la omitió casi como
si fuera una pedrada. La homologación entre la experiencia del fascismo y el
Gulag, ahora figurada mediante un nuevo concepto del trabajo, la distinción
entre homo favery animal laborans, fue vista como
un simple artilugio liberal. Por su parte, algunos teóricos liberales, se
aprestaron rápidamente a desfigurar la tesis de Arendt, con la grotesca
conclusión de que, ante la experiencia totalitaria, la democracia
liberal representaba la menos agravante de las opciones políticas de la
actualidad. En vida, Arendt se encargó de refutar la banalidad de esta
conclusión chillonamente ideológica. Pocos textos como La
condición humanacritican de manera tan extenuada la lógica del trabajo en
una sociedad capitalista, en la que el ser humano no puede ser más que un
medio y nunca un fin en sí mismo.
También se enfrentó a su propia tradición, la tradición
judía. Crítica abierta de la interpretación oficial del Holocausto, así como
del derrotero que había adoptado el Estado de Israel hacia los años 60, nunca
trastabilló –por más amargo que fuera el debate– al defender sus posiciones
frente a quienes irónicamente ella les había salvado la vida. Y una parte del actual
feminismo radical, como escribe Seyla Benhabib, se siente incómodo frente a su
legado por su desterritorialización de las mujeres, por más que Arendt haya
fraguado el personaje conceptual de la pensadora en el siglo XX.
¿Por qué entonces se sigue leyendo con más intensidad y
entusiasmo que nunca? Aquí tan sólo una hipótesis.
Como escribe acertadamente Esposito, Arendt tiene muy poco
de liberal, por más que fue una cuidadosa lectora de sus pensadores del siglo
XVIII. Finalmente, es una crítica de la modernidad desde la modernidad misma,
no su apóloga. Sus orígenes se encuentran en otro mundo: la fenomenología
fundada por Husserl, después, Heiddeger y, por supuesto, Jaspers.
Si se lee la tesis central de Los orígenes del
totalitarismo, un libro como señala suspicazmente José Luis Barrios que
describe y no prescribe –un rasgo nodal de la prosa de La condición
humana–, la conclusión es ésta: el totalitarismo es un orden político y
existencial en el cual el soberano no sólo aniquila a sus opositores sino a quienes
no tienen más remedio que aceptarlo. Es decir, no sólo extermina a los que
dicen no, sino también a los que dicen sí –pues no hay salida–.
Nunca antes Occidente había presenciado un fenómeno de esta naturaleza, sobre
todo si se observa la anulación completa de toda forma de empatía. La
condición humana adelanta una explicación de esta
fatal cerradura de lo vivo que se extendió a lo largo del todo el
siglo XX, y se sigue en sociedades como la mexicana hoy en día.
Al parecer, en Arendt el centro de lo político, como señala
Wendy González, se ha desplazado hacia la dialéctica de una catástrofe: por un
lado, se pone todo el énfasis en la potenciación de la vida (educación, salud y
el cuidado de sí), por otro, la vida se vuelve una simple moneda de cambio
prescindible. El tema de la relación entre la vida y los dilemas de la
modernidad data desde el siglo XIX. Se encuentra en filosofías como las de
Nietzsche y Bergson. Pero nadie lo había situado donde lo colocó el texto de
Arendt en 1958. La modernidad contiene un círculo fatal: no sólo puede anular
la condición social de millones, sino volver sus vidas prescindibles.
Tal vez La condición humana es el primer llamado
filosófico y conceptual acertado a reconsiderar los dilemas por los que
atraviesa la desensibilización de las formas de empatía y justicia que Rousseau
previó en el siglo XVII. Ángel Álvarez sugiere que acaso ocupa en el siglo XX
un lugar tan enigmático como el que fijo el autor de El contrato
social en el siglo XVII. De ahí la fuerza del problema que plantea.
Pues de eso trata el pensamiento: de plantear las preguntas que nadie puede
evadir.
Y México es
un paradigma que debe cambiar todo, duro trabajo para AMLO.
Quienes vaticinan el fin de la historia lo han hecho desde un
enfoque universal, pero la tesis podría aplicarse también a países como
Nicaragua, donde sus mandatarios de los últimos ochenta años asumieron que con
ellos se había llegado al fin de la historia nicaragüense, salvadoreña y
mexicana. Por ejemplo, según los
Somoza (1936-1979) estaban dadas las condiciones, para que en Nicaragua se
viviera “for ever” (para siempre) el estadio último de su evolución política.
Pero aquel modelo se desmoronó por la corrupción, la desmesurada represión, el
desapego de sus países aliados y la insurrección popular interna.
En 1979,
después de una lucha armada contra los Somoza y su Guardia Nacional, triunfó la
ideología de la revolución, el antimperialismo y el discurso del socialismo
enarbolado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) cuyos líderes
aseguraron también que el pueblo había elegido esta nueva forma de gobierno,
para siempre.
Ahora,
Peña Nieto acabó con México, surge AMLO. Hay quienes afirman que ocurrirá el
fin de la historia. Desde el siglo XIX Hegel y Marx abordaron ese final desde
diferentes perspectivas. Hegel lo planteó como la supremacía burguesa. Por el
contrario, Marx promulgaba una sociedad sin clases, ninguno ha ocurrido.
Sigue
gobernando, el capital.
Poco antes de que asuma el gobierno,
inversionistas, analistas y políticos de Estados Unidos buscan definir quién y
cómo será el presidente Andrés Manuel López Obrador, y por ahora, no hay
consenso: sigue siendo un enigma. Sin
embargo, lo más preocupante para muchos en torno a la relación bilateral no es
tanto qué hará el nuevo gobierno mexicano, sino la errática y provocativa
política del régimen de Donald Trump, el cual ya preparó la primera crisis
bilateral para dar la bienvenida a López Obrador.
Los medios aquí reportan que López
Obrador está asustando a inversionistas (The Wall Street Journal);
otros, que está por ofrecer un momento positivo para inversionistas, ya que
algunos estiman exagerados los temores (Bloomberg), mientras algunos
más están alarmados porque está por llegar un posible enemigo de la
democracia (Financial Times), junto con lo de siempre, de que
es impredecible, temperamental y no se sabe cuál versión de
él gobernará (The New York Times). Otros siguen usando la palabra del
momento, el término cada vez más ambiguo de populista (un titular
buscó fusionar todo y llamarlo populista pragmático).
Expertos y ex diplomáticos
(incluyendo ex embajadores en México) pronostican un camino difícil y
posiblemente hasta explosivo entre los dos líderes, en parte por sus
personalidades y otros por sus políticas divergentes. Ofrecen listas de
recomendaciones de lo que debería hacer el nuevo gobierno, desde política
económica, energética y de seguridad con la cooperación antinarcóticos, con
Estados Unidos al centro.
Casi todos indican que la primera crisis bilateral del
nuevo presidente ya está más que anunciada: los buscadores de asilo en la
frontera. De hecho, sólo 24 horas después de que López Obrador asuma el
gobierno, su canciller Marcelo Ebrard viajará a Washington para verse con los
secretarios de Estado, Mike Pompeo, y de Seguridad Interna, Kirstjen Nielsen
para continuar abordando el asunto.
Ebrard ya había iniciado negociaciones discretas con
Pompeo en Houston hace unos días. Versiones periodísticas informaron que se
logró un acuerdo, pero eso fue desmentido, y Ebrard insistió en que lo único
que existe por ahora es una conversación sobre cómo tratar la situación.
Pero la posición de Trump no deja
mucho margen: mientras avanzaban las pláticas entre los estadunidenses y el
gobierno electo la semana pasada, tuiteó que a los
solicitantes de asilo no se les permitiría el ingreso a Estados Unidos hasta
que un tribunal apruebe sus peticiones y que todos permanecerán en México.
Si por alguna razón se hace necesario, cerraremos nuestra frontera sur.
Lo que está en juego es, en parte, fijar algunos
principios de la relación entre el nuevo gobierno mexicano y el régimen de
Trump. La posición de este último es que México sea antesala en el proceso de
evaluación de peticiones de asilo, algo que puede durar meses y hasta años.
Escrito por Emiro Vera Suárez,
Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico.
Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo.
AESCA. Trabajo en El Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, columnista
del Aragüeño y coordinador cultural de los diarios La Calle y el Espectador-
Valencia. Hora Cero.

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